| El tiempo pasa y la vida se nos va [4834 Lecturas] |
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El tiempo pasa y la vida se nos va
Me acerqué con la curiosidad de los inocentes, tratando de disimular mi
curiosidad. Como los distraídos que miran al azar y que, como por descuido,
buscan encontrar un rostro entre la gente. Los recuerdos surgieron sin poder contenerlos. Las imágenes, difusas por el paso del tiempo, volvieron a mi
mente como si hubieran ocurrido ayer. Quería equivocarme, pero al mismo
tiempo deseaba que fuera realidad. Sentí un ardor intenso en el pecho
mientras me daba cuenta que la volvía a ver..., después de tanto tiempo.
Mi mirada se proyectó directamente hacia su mente, tratando de conmover sus
pensamientos. Estaba sentada, a la mesa de la cafetería. Vestía
elegantemente, como siempre, cuidando hasta los mínimos detalles. Con su
singular delicadeza se dirigió al mozo para pedir un café. Mientras simulaba
acomodar sus gafas, miró de reojo, como si hubiera sentido la intensidad de
mi mirada. Un gesto de asombro y de incredulidad se dibujó en su perfecto
rostro. Sin darme cuenta, dirigí mi pasos hacia ella. Una suave sonrisa se
dibujó en su rostro. Me ubiqué en la silla, sin preguntar, como los que no
necesitan excusas para hacerlo. Nos miramos tratando de contener el tiempo y de decirnos tantas cosas en un instante. Tenía algo distinto. Me pareció que sus ojos no brillaban con la misma
intensidad de antes. Intentó disimularlo, pero la descubrí. Muchas veces
imaginé este momento, y las palabras que le diría..., sin embargo, no puedo
componer las frases tantas veces ensayadas. - ¿Cómo estás? preguntaste, mientras me contemplabas. Suspiré profundamente
tratando de armar una respuesta lógica, pero sincera, y sólo atine a decir:
- ¿Cuándo volviste...?
- Hace unos días, pero... estoy de paso.
- Te ves muy bien..., quizás un poco triste.
Se acomodó el cuello de la campera y con un tono de resignación musitó:
- Es la vida ... que no perdona los errores. - Muchas veces intenté saber de ti..
- ¿Por qué no viniste a mi encuentro?
- No sabía si debía...
- Te necesité...te extrañé.
- Me pediste que no te siguiera. - Muchas noches mis lágrimas humedecieron tu nombre.
- Me dejaste hecho trizas... - Nunca dejé de amarte.
- Nunca pude olvidarte. Nuestras manos no pudieron evitar encontrarse y con los dedos entrelazados permanecimos intercambiando la sensaciones de tanto tiempo perdido. - ¿Por qué te fuiste así?
- Te amé con tantas fuerzas que tuve miedo..., miedo de asfixiarte, de
anularte. - Me privaste del derecho de elegir. Lo hubiéramos intentado.
- Quise encontrarte en otras miradas, en otras caricias, en otros besos. Un día supe... que nunca sería igual.
- Y ahora, ¿aprendiste a querer sin comparar?
Hurgó en su cartera y sacó un pañuelo, mientras su rostro se compungía. Una
nube de dolor cubrió su mirada y con el tono muy bajo, dijo:
- No puedo quererlo como él se lo merece. Me cuida, me protege y me da toda
lo mejor de su sentimientos..., pero no sé cómo corresponderlo.
Las lágrimas brotaron de sus lánguidos y tristes ojos.
- Me enteré por accidente que le quedan seis meses de vida. Y no me lo dijo.
Cada día se esfuerza por ... ser mejor. No sé qué hacer, estoy muy
confundida. La tomé de las manos y como aquel que sólo puede comprender, le dije:
- Amalo con todas tus fuerzas, tratando de que, por lo menos, él sea feliz.
Miró disimuladamente su reloj, y lentamente se incorporó..
- Debo partir... - Donde estés, te recordare.
- Voy a necesitarte... -Invocá mi nombre y estaré contigo.
La vi partir, otra vez, pero sentí que ya no la volvería a encontrar. Los
sonidos de la ciudad me envolvieron hasta que desapareció entre la gente.
- ¡Papá, papá...! Ya volví..., me interrumpió una vocecita de nueve años,
que corría agitado hacia mí.
- ¿Estás llorando?, me preguntó sorprendido. Cuando murió mamá dijiste que
algunas personas no pueden llorar. - Me equivoqué, hijo... ¡me equivoqué!
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